30.4.06

Cuenta regresiva

Un cuento hecho por encargo que no fue retirado. Aunque se aleja un poco de lo que habitualmente escribo, no me disgusta y para salvarlo del olvido, lo comparto con Uds. ¡Buen día a todos!

Cuenta regresiva

El Anciano se incorpora sobre su lecho. Sus memorias serán consultadas nuevamente y quizás por última vez.

El ciudadano más antiguo, próximo a cumplir 1238 años, vive recluido junto con los pocos sobrevivientes de su especie y sus signos vitales advierten que no le queda mucho tiempo sobre este mundo.

Los actuales habitantes no recuerdan como llegaron a donde están hoy, y quizás es este su mayor defecto. Su objetividad los hizo incapaces de tener memoria y los únicos registros que quedan son aquellos que consiguen extraer de la raza antiguamente dominante, a cuyos especimenes tratan de mantener con vida el mayor tiempo posible. No saben ni pueden saber que cada paso los conduce hacia la inminente extinción que los oráculos anticiparon antes que el olvido se encargara de ellos también.

Los elementos para el último “rescate de memoria” están listos y solo falta la aprobación del Consejo para proceder. Impacientes, los mecánicos observan la cuenta regresiva que se acerca vertiginosamente al punto que marca la crisis final, más allá del cual todo esfuerzo será inútil.

Aun desde el completo olvido, sus temores les indican que la vieja raza sobrevive en las entrañas de la ciudad. Nunca los han visto, pero su presencia se siente en cada rincón y su amenazante sombra los perturba. Su fantasma debe ser expulsado para siempre, pero ¿como enfrentar lo que se desconoce? La espectral resistencia cuenta en su favor con algo que los invasores codician: recuerdos. Como una red invisible pero inquebrantable estos mantienen la unión simbiótica con su antiguo hogar, aquel que solo conocen por referencias pero aún esperan ver con sus ojos.

Cuando ya queda poco tiempo llega finalmente la autorización y se inician las tareas programadas con celeridad. Pero en pocos minutos, el agotado ser ha terminado su ciclo vital y los esfuerzos se ven frustrados definitivamente.

El arribo del Anciano es sorda pero jubilosamente celebrado por la resistencia y la noticia estremece todos sus hilos. Ahora, solo es cuestión de tiempo…

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27.4.06

¿Aracnofobia?

Me propongo con este texto, no tanto ofrecer un remedio contra el miedo, pero si al menos un par de motivos para considerar la próxima que estemos por arrojar un pesado objeto contra una indefensa criatura.

Primeramente deseo aclarar que no quiero ponerme excéntrico –presuponiendo que es lo que manda la centralidad o la normalidad- ni estoy tan apasionado por los arácnidos como para tener una tarántula por mascota. Por otro lado, el contrato de mi departamento no lo permitiría y en buena hora porque dudo que una de ellas se encontrara a gusto en un medio tan diferente al que sus instintos conocen.

Existen además un gran número de estos animalitos que viven sin problemas en la ciudad y que tejen sus redes en edificios, en rincones olvidados por el aseo –aunque también aparecen en otros no tan olvidados- y en los conductos de instalaciones que la mayor parte de nuestra arquitectura intenta negar ocultándolos entre tabiques o confinándolos sobre cielorrasos y en espacios residuales, invisibles a la percepción. Los tímidos habitantes de estos espacios coexisten con nosotros silenciosamente y de vez en cuando nuestros planos se cruzan y podemos observar con que naturalidad irrumpen en nuestra cotidianeidad. La actitud más habitual –que reconozco mía en muchas ocasiones también- es la de aplastar sin contemplaciones al invasor, inmediatamente la vista lo descubre. Quizás sea esta naturaleza que nos lleva a crear comunidades y alejarnos del medio salvaje la misma que en forma instintiva no concibe la idea de cohabitar con otras especies y menos en ese plano de igualdad que pretenden tener las arañas.

Fue cuando mi padre me contó que las arañas se comían a los insectos cuando empecé a apreciarlas. Aunque su apariencia pude ser impresionante para la mayor parte de la gente, desde aquel momento mi visión de las arañas fue cambiando progresivamente. De simplemente no temerles, pasé a considerarlas seres con un rol particular en el hogar. Me enteré de las propiedades de sus construcciones, también que casi ninguna de ellas puede representar una verdadera amenaza para el hombre y muchas otras de sus cualidades biológicas. Me causó gracia ver en las películas de terror “gore” de los 80 que se pinte a estas criaturas como asesinas en escenas desmedidamente sangrientas, o verlas organizadas como enjambre en alguna otra producción más reciente y más burda que las primeras. Supe también, como dato curioso, que ¡el hombre se come un promedio de 8 arañas al año mientras duerme! Conocí a sus “primos”, los segadores, esas “arañas” de patas muy largas y cuerpo pequeño que no tejen tela. Me sorprendió enterarme de la fragilidad de toda esta familia, comparada con los insectos.

No justifico el observar indolente que las cosas acumulen polvo y telarañas. Como ya dije, el hombre tiene un sentido de posesión del espacio que no es compatible con la existencia independiente de otro ser en el mismo lugar. Entonces, así como no me gusta encontrar el polvo que el ambiente deposita sobre lo mío, tampoco veo con agrado los ornamentos que adicionan las tejedoras en las esquinas de mi espacio, ni sus desechos, tan poco agradables como los nuestros.

Su estética me fascina y ahora lejos de encontrarlas espantosas me parecen muy elegantes. Son para mi, animales mucho más inteligentes que los habituales insectos que se encuentran en una casa, torpes y asquerosos. Cada vez que veo una, imagino que piensa en mis términos, que recuerda la hazaña de hoy, que medita la estructura y la forma de su hogar, que repasa mentalmente sus hilos dibujando un plano de su tela, para verla finalmente, satisfecha. Imagino que quiere hablar y decirme esas cosas o tan solo saludar… evoca en mí a la hermosa y rebelde Aracne, que paga su desmedido orgullo, viviendo en soledad y tejiendo aún sus tapices.

Hace unos días pude pensar un poco esta situación porque en cierto momento, mi abuela me llamaba desde fuera de la casa para avisarme que cerca al interruptor había una araña bastante grande. Yo la conocía, la veía salir de su escondite siempre caída la tarde, y por la proximidad del pequeño jardín del edificio, nunca me molestó su presencia, considerándola casi como una inquilina de aquel espacio común. Por supuesto, nunca le comenté una cosa así a mi abuela, quien al parecer tiene un sentido de pertenencia espacial más grande que yo y además vive en una casa más ascética. Ante su advertencia le contesté desde adentro que ya la conocía. Probablemente desconcertada por mi reacción y mi inmutabilidad ante su descubrimiento, procedió ella misma a la ejecución. Cuando me dijo que la había matado, me enojé mucho por lo que había hecho y ella por mi actitud, que entendía como desidia, al no comprender mis motivos. ¿Por qué iba ella a entrar en la casa si tenía un festín afuera? ¿Qué había para temer? Traté de explicarle que era lo más parecido a una mascota que tuve, pero creo solamente haber colaborado a ampliar la brecha generacional y que me encuentre un poco más loco.

Yendo más allá de los casos individuales de verdadero temor irracional, extremo y atípico; podría decirse que nuestras sociedades son aracnofóbicas. Un miedo heredado del medioevo, cuando se consideraba a las arañas como portadoras de la ponzoña, subsiste en nuestra cultura, fomentando el rechazo instintivo de nuestra parte hacia estas criaturas.

Vaya esta especie de homenaje a tan maravillosos seres –maravillosos como todo lo que pertenece a la Creación-, y muy especialmente a las arañas caídas en su actividad natural, quienes por el temor o el egoísmo humano, siempre llevarán las de perder.

Imagen: Tomada de TalkingTree.com de Steve Erat

21.4.06

Debatir, cada vez más difícil

El lunes asistí al inicio del Ciclo de Conferencias que presenta La Gaceta de Tucumán, donde la historiadora María Sáenz Quesada disertó ante una sala completa sobre la historia y la memoria de la Argentina contemporánea. Su exposición que duró aproximadamente 50 minutos destacó la importancia de no confundir las memorias con la historia. Aunque las primeras son útiles, sobreponerlas a la verdadera investigación y conocimiento histórico presenta un grave peligro, ya que la memoria es manipulable. Hasta aquí solo una referencia a lo tratado, espero poder referirme a este tema en una entrada posterior.

Luego de la excelente disertación de Sáenz Quesada, me quedé expectante, debido a que el tema en sí parece la introducción a algo más grande, y lejos de cerrarse con el final de la noche, invita a quien lo escucha a la investigación y profundización de los temas tocados. Fue igualmente agradable ver que la convocatoria atrajo a un público de diferentes edades y que colmó el auditorio preparado.

Resulta entonces incomprensible lo suscitado inmediatamente después. Al terminar la alocución, se abrió al público la posibilidad de intervenir con preguntas y pese a las recomendaciones, los que se manifestaron lo hicieron en su mayoría para dar opiniones personales ¿Por qué esta actitud de abierta contradicción? Probablemente haya desagradado a alguno el límite de preguntas puesto por la conferencista alegando razones de tiempo, pero esto no justifica desaprovechar de esta forma la posibilidad de diálogo. Pareciera que en todos reside una mezquindad intelectual al reservarse las palabras de esta manera.

Por otra parte ¿A que se debe esa necesidad de sentar inamoviblemente nuestros puntos de vista? Necesitamos acaparar la atención, o aun tratamos de imponer nuestro criterio a los demás. Sería comprensible que alguien desde el desacuerdo plantee una inquietud y seguramente se podría iniciar una rica discusión pero ¿Cómo lograrlo desde la intolerancia? Un debate se empieza desde convicciones firmes pero con un espíritu receptivo. Afirmaciones tajantes, preguntas vagas y palabras que solo quieren mostrar “cuanto sabemos” hacen perder el interés y manchan luctuosamente la ocasión.

Este hecho se observa también en Internet. Es cierto que los weblogs y páginas personales nos dan la posibilidad de explayarnos y presentar nuestras opiniones a todo el que pueda estar interesado, pero el usuario promedio considera que esta posibilidad debe extenderse a todo espacio que permite intervención en la red. Vemos así, personas que se introducen en foros de debate para dar simplemente su punto de vista sobre cualquier tema, sin informarse adecuadamente y sin siquiera molestarse en atender a las razones de los demás, para hacer algo parecido a entrar en un bar y llegar desde la puerta gritando y tapándose los oídos. Afortunadamente estos personajes se retiran casi tan rápido como llegan pero en otros casos su presencia puede extenderse hasta ser insoportablemente fastidiosa. Hace solo unos días, en un debate en Internet sobre las plantas de celulosa en Uruguay, se presentó una persona que no cesaba de dar muestras de su ignorancia absoluta sobre el tema. Usando como base pobres argumentos y repitiendo la opinión de cualquier desinformado, se negaba aún a leer los argumentos presentados en el mismo debate y terminó arremetiendo contra todo el que pensaba diferente. Si bien estas personas y sus intervenciones merecen ser ignoradas, no podemos evitar que perturben el normal desarrollo de algo que podía haber dado más provecho de otra forma a quienes están verdaderamente interesados.

Una actitud común a todos estos “opinólogos”: enarbolar la bandera de la libertad de expresión y gritar “¡CENSURA!”si se los llama a reconsiderar la mediocridad de sus aportes, cuando en ellos está el verdadero ánimo censor, al querer callar a quien se opone a sus ideas (por llamarlas de alguna manera) creyéndose respaldados porque sus opiniones repiten lo que dicta la mayoría.

Cada vez es más difícil entablar un buen debate en cualquier medio. La tendencia al protagonismo, fomentado por una televisión que muestra todos los días una pintoresca colección de seres hablando con las mayores ínfulas sobre cualquier tema, hace creer equivocadamente que lo importante es crear polémica. “De la discussion naît la lumière”. Este concepto debería guiarnos en cualquier situación donde haya una confrontación de ideas para poder rescatar algo positivo de estos encuentros, pero ahora parece más real aquello de que “de la discusión no nace la luz, sino las peleas”.

16.4.06

Clasifíquese:

Siempre me resultó difícil colocar etiquetas. No me refiero a la acción de rotular o colocar un papel autoadhesivo sobre un objeto -cosa que tampoco debe ser subestimada- sino al hecho de discriminar algo para acomodarlo en su respectiva categoría.

Mi recuerdo más antiguo respecto a este tema se remonta a mis 5 o 6 años, cuando vi a dos personas de mi familia comentar respecto a un tema que sonaba en la radio. Conocedores de música, ambos a su manera, trataban de encontrar el lugar en un abstracto catálogo para lo que estaban escuchando. Por entonces las palabras clásico, jazz y rock ya me sonaban familiares y las asociaba a ritmos y sonidos, pero me preguntaba ¿Cómo se sabe que algo es un blues? ¿Por qué lo que estamos escuchando se llama “folklore”? Por entonces se me ocurría que no podía distinguir entre una cosa y otra porque todo me era nuevo, mientras mis mayores habían escuchado mucho y el primer paso era familiarizarme con lo que tenía a mano y sobre todo preguntar. Posteriormente y con un pensamiento más metódico supe que para identificar algo había que indagar sus características esenciales y desde entonces me dediqué a estudiar ávidamente sobre cada disciplina que llamaba mi atención.

La ignorancia es el primer obstáculo a sortear en la tarea crítica. La especial sensibilidad natural de ciertas personas las llevó a concretar magnificas creaciones y definir movimientos, como Edvard Munch con el expresionismo en la pintura o Mies Van der Rohe, le Corbusier y Walter Gropius en arquitectura; sin mayor formación teórica en sus respectivas disciplinas (por esta misma situación pudieron destacarse del repertorio del momento). Pero esto no aplica en la valoración. Quien no conoce algo no puede clasificarlo y mucho menos evaluarlo de manera racional, guiándose solo por su buen gusto y por parámetros arbitrarios. La formación se hace indispensable para quien pretende develar o al menos entrever el misterio de la creación artística. En el marco de esta búsqueda, el conocimiento de la historia de cualquier movimiento es el primer paso a una erradicación de las tinieblas del desconocimiento, juntamente con la experimentación práctica de aquello que se desea evaluar (esto es: en música, escuchar y tener la mayor cantidad de elementos de comparación; en arquitectura, visitar y experimentar diferentes espacios; en literatura, leer cuanto libro cae en nuestras manos). Posteriormente, la valoración del pasado hace posible una mirada crítica al presente y en este orden natural, será posible identificar las pequeñas unidades que componen las ideas para ingresar todos estos datos en nuestros cerebros y establecer categorías trazando los límites pertinentes.

Hasta aquí la mayoría puede estar de acuerdo, pero pronto aparece una desavenencia. Un hecho demasiado habitual parece mandarnos el siguiente mensaje: los límites son entidades complejas y facetadas que se revelan solo a unos cuantos privilegiados para que decidan de esta forma, que es una cosa y que es otra. En este punto, cuando uno llega a comprender los límites más generales y que con todo, muchas veces se presentan ambiguos y tenues, debemos enterarnos que dentro de las clasificaciones que creemos conocer, aún hay muchas otras, y esto cuando no aparece alguien señalando que no solo desconocemos las particiones más pequeñas, sino que nuestras clasificaciones generales son incorrectas. Estos nomencladores se hacen llamar críticos, expertos y un sinfín de denominaciones –haciendo honor a su especial capacidad de discernimiento- acompañadas siempre de los sufijos –logo o –mano (según ostenten un título acreditado o una obsesión respecto a un tema). Existe, al parecer, un sustento superior que permite a estos expertos hablar con gran autoridad respecto a corrientes, tendencias y manifestaciones; en el arte, en la filosofía, en las letras y en cada actividad humana; y pone a estos seres en un nivel superior, que no puede ser conquistado simplemente estudiando. Cada acción es susceptible de ser bautizada con un nuevo nombre (porque ellos constantemente crean categorías) y a partir de entonces responder a una idea en particular, hasta el momento en que uno de sus límites sea vulnerado y pueda decirse que ha “perdido su identidad”.

Pero es aquí donde todo conocimiento palidece. Aquellas manifestaciones a las que los conocedores acusan a menudo de perdida de identidad, en realidad nunca buscaron una. Para seguir ejemplificando con la música, podría mencionar el caso del guitarrista Edward Van Halen ¿Qué rótulo puede caberle? Ante la duda, se le crea una categoría propia pero se comete el error de pretender enunciar sus características. Luego escuchamos un disco de una época y otro de otra y las supuestas características se evaporan ¿Esto significa que los trabajos comparados fueron realizados por personas diferentes? En cierta forma, si. Una persona puede cambiar mucho en 20 años y aún en periodos más pequeños. Pero hay constantes y estas son las búsquedas, que no necesariamente están ligadas a aspectos técnicos y que pueden devenir en saltos voluntarios de categorías. De esta forma, muchos bluesmans como Haund Dog Taylor, dieron un salto hacia el jazz, manteniendolo aún dentro de este otro ya que el blues no es un feeling sino una estructura cabal; y otros hacia el blues eléctrico y hacia el heavy metal.

En arquitectura a partir de los anti-academicismos de finales del siglo XIX, las nuevas manifestaciones agrupadas bajo el título Art Nouveau ponen en la misma línea desde el Sessezion de Viena hasta el Modernismo Catalán, cuando solo dentro de este último, ya es difícil confinar a Gaudí. Luego del movimiento moderno las cosas no cambian mucho si consideramos todo lo que se quiere llamar “deconstructivismo”. También está la idea de crear prácticamente una categoría para cada cosa cayendo en la ociosa actividad de inventar nombres como “electro-jazz-tango con toques de rock psicodélico” o peor aún, en aberrantes contradicciones como “minimalismo recargado” o “brutalismo de fachada”.

¿Que caso tiene al fin tanto esmero con los nombres y tanto rigor en las delimitaciones, cuando las cosas escapan constantemente de las jaulas donde pretendemos aprisionarlas? Sucede que estas intenciones responden primero a la vanidad del que critica, que antes que brindar un servicio, quiere ser más protagonista que el creador y para ello finge estar compenetrado en la obra, supone haber agotado los motivos del autor y haber develado aun los procesos inconscientes de este.

Pero al final, la crítica no es solo etiquetar. La evaluación y la formación del juicio ayuda en la toma de decisiones en nuestro propio trabajo, y su principal objetivo es darnos los motivos y fundamentos para respaldar nuestro accionar. Este hecho les es desconocido por completo a aquellos soberbios nomencladores, por una simple razón: ellos nunca llegan a producir nada.

15.4.06

Extensiones para Firefox 2

Otra recomendación para los usuarios de Firefox. Es posible configurar el campo de búsqueda que está junto a la barra de navegación:

A las tradicionales búsquedas en Google, Yahoo!, eBay y Amazon, pueden sumársele, gracias a unos útiles plug-ins, consultas rápidas a Definicion.org, al diccionario de la Real Academia Española o inclusive traducir términos de varios idiomas por medio de WordReference. Finalmente, existe una extensión que puede interesarle a los administradores de web, que permite consultar el PageRank asignado por Google ingresando la dirección de una página en el campo de busqueda.

Los vínculos para instalar estas extensiones:

Definicion.org

WordReference

Diccionario RAE

PageRank

Otra curiosidad: si ingresamos una palabra cualquiera en la barra de direcciones sin la forma de una dirección web, Firefox nos conduce al primer resultado de la lista de búsqueda de Google para ese término (la misma función que el botón “Voy a Tener Suerte” en www.google.com).

Extensiones para Firefox (1)

9.4.06

BLOQUE

Alguien presentó alguna vez ante mis ojos un párrafo semejante. Monolítica muestra de desinterés por el interlocutor, y a la vez, evidencia de un caos de ideas habitando la corteza del alma a la espera de poder fluir al medio a través del escape que representa exponer los caracteres escritos del idioma. Si uno espera enseñar o rebatir no tiene ningún caso presentar una respuesta de este tipo, por ejemplo en una discusión o argumentación, porque se corre el riesgo de aburrir mortalmente a la otra parte antes de lograr entablar siquiera un diálogo, y se truncan definitivamente las esperanzas de llegar a puerto alguno. ¿Para que puede servir entonces semejante derroche de energía y palabras acomodadas una detrás de otra? Realmente para poco, que no sea una salida para la presión que ejercen las ideas sobre dicha corteza, cuando excede el límite tolerable. Porque las ideas, al igual que la sangre y como también el humor o el aire, ejercen una presión. Presión que se manifiesta incontenible y amenaza con una terrible explosión si no se soluciona de manera inmediata. Aquí, la pluma y el papel permiten aliviar esta necesidad permitiendo una sangría placentera y constante, hasta encontrar nuevamente el equilibrio. Como todas las acciones opuestas incidentes en el ser, que cuando se equilibran nos indican que hemos sido devueltos a la “normalidad”. Y normalidad entre comillas, porque acaso sea ese otro incómodo estado lo verdaderamente normal, mientras que la sensación relajada –el deseado equilibrio- sea solo el efecto del paliativo que actúa como un sedante temporal de la conciencia, en tanto se gesta internamente la próxima crisis ¿Quién puede afirmarlo? Por otro lado, muchos usan constantemente este modo en su afán de mostrar un vasto conocimiento de muchos temas y pretendiendo encadenar ideas que son totalmente disímiles. Alguno pretende calumniar a su intención de “dialéctica”, cuando tras sus palabras –que se van por las ramas- solo se manifiesta una profunda ignorancia y el único don de usar expresiones de otros para armar un ridículo collage y proceder a descalificar basándose en prejuicios y en pobres opiniones personales. Así se conocen dos caras posibles para un mismo bloque, aunque sea este bidimensional. Y no es fácil –si no se está familiarizado con la causa- sobrellevar un texto como este, ni siquiera siendo su autor. Aún con buena voluntad, un solo intento puede no ser suficiente para llegar al final de una intención. Cada nueva línea añadida, cada salto en la intención original presenta otra vez la tentadora opción de desistir y pasar la página, o de condenar a la hoguera el engendro generado de esta forma: un bloque que más que concreto es “de concreto”.


Dedicado a los héroes diarios que deben leer este tipo de párrafos en los foros de Internet. La imagen: El popular bloque de hormigón para mamposterías, de similar peso específico.

2.4.06

Cofre

Uno a uno echaba los bártulos en el deteriorado cofre. Aunque no evidenciaba ser muy antiguo, los arañazos en sus costados denunciaban una existencia accidentada.

Cada pequeña partícula del aroma que había impregnado la habitación ahora encontraba su lugar en un nuevo espacio. Mientras observaba como por última vez su poco aventurada colección, el individuo arrojaba dentro, con ritmo constante, las pocas cosas que quedaban a la vista.

No estaba por mudarse –su vida era un continuo viaje- ni necesitaba acomodar o hacer espacio en aquel blanco camarote donde solo se observaba un lecho bajo, una elevada ventana horizontal por la que ingresaba la luz en cascada desde el exterior y unos pocos elementos que iban desapareciendo en el cajón, aparentemente sin fondo. A pesar de esto, estaba abocado a limpiar toda evidencia de sensibilidad humana que en otro momento exhibiera la habitación, y a completar su tarea sin interrupciones.

Su expresión era borrosa y se difuminaba aún más a medida que desaparecían los objetos más pequeños. Sus acciones, sin pausa pero sin prisa, parecían las de un autómata que lleva un detallado inventario. Pero el se despedía íntimamente con cada vistazo final.

Cuando arrojaba el último objeto, una sonrisa asomó en su desenfocado rostro al reconocer una voz que le propusiera revertir sus acciones y devolver los objetos a la habitación. El había estado esperando esa llamada desde que comenzó la limpieza y aún antes, cuando su semblante, aunque perfilado de pesar, expresaba esperanzas. Pero sabía que ya era tarde. Entonces se apresuró a colocar la tapa y poner el candado cuya llave guardó luego en su bolsillo, y despreocupado al fin, pudo recostarse.

Ahora habría activado el mecanismo y este comenzaría su implacable marcha.