14.1.09

¡Juégueselo a la quiniela!

Sería conveniente comenzar este párrafo aclarando que no soy supersticioso. Bien, ahí está. Se podría pensar que vivimos tiempos de creciente escepticismo. Producto de la desconfianza, hemos decidido acorazarnos y desconfiar de índices oficiales, partes médicos presidenciales, vendedores de usados, “reduce-fat-fast”, “rejuvensex”, buenas intenciones, etc. Hasta el cine se esfuerza en no parecer “poco creíble”, aun si está narrando algo tan improbable como historias de superhéroes o episodios de terror.

El escepticismo amenaza hoy hasta a las religiones, como consecuencia de un desencanto similar al de la confianza traicionada (a fin de cuentas la religión como institución es solo un producto humano). Pero, no obstante, las supersticiones han sobrevivido exitosamente al tiempo y a la creciente incredulidad. Gozando de cabal salud se arraigan por herencia o adquisición en el espíritu tanto de una persona promedio como también de los notables (especialmente en los que son notables por lo famosos, claro está). Actores, artistas, deportistas y otros tienen sus propios conjuros, cábalas y temen a los mismos demonios: entrar con un pie y no con el otro, decir cierta frase, pasar por ciertos lugares, romper algo. Y aunque muchos ya hacen una caricatura de sus propios miedos, resulta muy gracioso verlos luego enfurecidos expulsando a un espectador (o a parte del elenco) o acorralados y vulnerables frente a ciertas preguntas.

La superstición está claramente por encima de la voluntad de creer en algo o no. Es algo mucho más arbitrario que una creencia organizada, más impredecible y, por lo mismo, un lastre difícil de quitar únicamente con la voluntad o por medio de la razón. ¿Con que argumento racional podríamos refutar un “no te cases ni te embarques”? Quizá panfleteando un “¿Amigo soltero, sabía Ud. que uno de cada tres matrimonios termina en divorcio?”... Posiblemente, más allá de toda argumentación, el individuo podrá seguir pensando que su mala suerte influyó en cualquier acontecimiento adverso.

En lo personal, la primera referencia a la superchería popular que tuve fue a través de un viejo dibujo animado donde se podía ver un almanaque marcando “viernes 13”. Con esta referencia y la saga de terror homónima, viví años de ignorancia antes de enterarme que, por estas latitudes, eran los “martes 13” lo que debía asociar con la “mufa” (desconozco el porqué y temo que averiguarlo me conduzca a la Wikipedia, a algún artículo redactado por un montón de cabuleros, así que prefiero dejarlo ahí). Muy tarde ya para incubar superstición, los martes 13 en ocasiones me alegran el día (más allá de los escepticismos, o el “imperialismo” de la paraskavedekatriafobia) con felices coincidencias que me recuerdan la ingenuidad con la que viví numerosos martes y viernes, como este boleto de colectivo.


PD: Un boleto capicúa puede convertirse en un amuleto, según algunos conocedores del asunto.

PD2: No pude publicar anoche este post porque las pilas de mi cámara no tenían carga. Una de cal y una de arena, de paso no me acusan de ser sólo un afortunado poco agradecido.