28.8.22

La traición

La plaza estaba desierta. La ciudad que tanto amó y que lo vitoreaba, ahora lo había abandonado.

Algún ojo curioso observaba invisible detrás de los balcones, pero de otra forma estaba completamente solo, y ni siquiera los encargados de juzgarlo lo acompañaban en esta hora. El mediodía le rajaba la cabeza y deseaba liberar sus manos atadas solo para poder proyectar una pequeña sombra sobre su rostro.

Tiempo atrás, estaba convencido que había venido a hacer lo que ninguno de sus antecesores pudo. Su amor por el sitio que lo vio nacer excedía los límites que creía arbitrariamente fijados para quienes pasaron antes por su lugar. Se convenció que el final pondría todas sus acciones en blanco y hasta le valdría una adoración perpetua, una que ni siquiera deseaba para sí.

En la distancia y por medio de un vocero, el tribunal le anunció que era el momento de deliberar su sentencia. Él esperaría en silencio, en aquel tortuoso silencio del alma que se sabe abandonada por todo y aun por Dios, repasando acciones, pensando en qué debía haber hecho diferente, solo para concluir una y otra vez que no había otro resultado posible para su espíritu, que el de estar en la fecha presente, esperando bajo el inclemente fuego de un día despejado, palabras que jamás llegarían.

La decisión nunca le fue comunicada. Una guardia reducida se acercó para liberarlo y ofrecerle la pipa como el único de sus enseres a recuperar, lista para ser fumada, aunque no la deseaba en ese momento. Las puertas de la fortaleza se abrieron y uno de los soldados le señaló la salida sin emitir sonido.

¿Era el exilio el castigo elegido por sus jueces? Tal vez habían considerado mejor el pasado, quizá alguno de ellos valoró la parte positiva de sus acciones y convenció a los demás de enviarlo lejos, posiblemente por un tiempo, aguardando un indulto que llegaría cuando el tiempo fuera bueno y el recuerdo reciente estuviese superado.

Encendió la pipa y atravesó la muralla con la cabeza en alto, aliviado por el desenlace. Las puertas aún no se habían cerrado detrás de él, y una nube llegó para aliviar el camino que le esperaba por delante. Pudo sonreír.

En un segundo, todo se puso en negro y solo entonces escuchó el proyectil que lo alcanzaba. Lo último que sintió fue su rostro acelerándose hacia el piso.


6.8.22

búsquedas - (V)

Observa cien kilómetros hacia adentro de la espesura.

La música del monte hace desaparecer el sonido del motor,

los olores se vuelven intensos

y el silencio inexpugnable.


De repente, está ahí.


Sus gritos no levantan eco,

y solo puede sentirlos en su cabeza.

Las paredes verdes oscurecen bajo el cielo gris,

mientras la humedad asciende por todas las superficies.


Las horas lo hacen abandonar la razón,

mientras se tiende mudo sobre su espalda:

no sabe cómo llegó,

pero sabe que no hay salida.


28.5.22

Un colega cumple 40 años.

Y mientras compartimos un momento de charla distendida, nos cuenta una anécdota de su tiempo viviendo en Europa, un tema que surge repetidamente al hablar con él, porque vivió muchos años allá.

Todo queda en un segundo plano al surgir la pregunta que surge simultáneamente en los que hemos conocido otros horizontes o contemplado la posibilidad de echar raíces en otra parte.

—¿Por qué volviste?

Puedo ver que es algo que ha respondido muchas veces y que tiene una respuesta ensayada mientras carbura, quizá tan solo para sí mismo, la razón real detrás de recuerdos y excusas.

—La gente en las sociedades sajonas es muy fría —dice, para sorpresa de todos los que sabemos que él no es precisamente un canto al calor latino—. La relación de padres, hijos y abuelos es muy diferente a lo que vivimos acá. Mi esposa es muy familiera, y queríamos que los chicos puedan vivir eso.

Una razón muy respetable y podría ser el fin del tema. Pero estamos entre colegas y hay mucho más para indagar. Preguntamos sobre las oportunidades de trabajo en los diferentes lugares en los que estuvo.

—Allá nunca es difícil el tema laboral. Conseguí trabajo ni bien llegué, incluso aunque estaba recién recibido —nos dice.

Nosotros sabemos que el trabajo tampoco hubiese sido complicado para un profesional de sus capacidades en este lugar, de cualquier forma.

—Es que… es difícil progresar allá —confiesa luego, dejando entrever algo que no debe mencionar siempre—. Aun dedicando todo, siempre quedás peleando en la mitad de la pirámide… —y mientras expresa esto, el tema de conversación deriva en otras cuestiones.

Quizá está ahí la verdadera cuestión que aglutina una decisión, pienso. La familia es importante y los amigos también. Pero lo laboral puede potenciarse mucho cuando uno no es un forastero, más allá de la propia capacidad, y las aspiraciones entonces son mayores. Expresarlo así suena a una ecuación, pero las decisiones trascendentes siempre son un cálculo inefable. Superado un cierto nivel de tranquilidad económica, empieza a pesar más el conseguir logros afectivos, sociales o quizá materiales, pero a un nivel muy diferente.

—Lo cierto es que extraño muchas cosas de la vida en esas ciudades… —dice volviendo al asunto, y comienza una enumeración aparentemente caótica, que va cambiando con el aporte de todos, que mencionan sitios como si fuesen guías turísticos. Lo cierto es que la nostalgia de sus palabras deja adivinar algo que no puede ser replicado acá, que vive atado a una geografía y su contexto.

Se apaga la vela, el improvisado festejo culmina con la intervención de una amiga que ya pasó el hito.

—¿Cómo sentís el cambio de número?

—Lo vengo masticando hace un rato, es fuerte —dice él sonriendo, para quitar gravedad a la afirmación.

—No te preocupés, es un tiempo para empezar a disfrutar lo conseguido.

—Siempre hay que disfrutar —responde de inmediato—, todos los momentos y lugares tienen algo bueno —cierra, casi repitiendo una fórmula, pero con una sabiduría inesperada que queda resonando en mi cabeza.

2.5.22

Un día

La noche irradia claridad sobre lo que es y lo que no podrá ser.

La mañana, en cambio, es una promesa engañosa de novedad, una mentira piadosa de nuestra programación para reiniciar motores.

La vigilia del insomne busca inútilmente tender un puente sobre la trampa del día, que realiza su danza eterna a pesar de nosotros.

9.1.22

búsquedas - (II)

No son inusuales las mañanas neblinosas
excepto en el tiempo estival.

A diferencia de los días fríos
el velo no se levanta junto con el astro.

Su tono empaña lo que fue bello
aun cerrando los ojos,
su zumbido infernal impide el descanso.

Una hora más, y una hora menos
esperando el próximo amanecer.

Quizá una nueva vuelta al sol.

23.12.21

búsquedas - (I)


Perspectiva,
un nuevo punto de vista
construye mundos en segundos
y arrasa toda creación de horas previas infinitas

ideas incendiarias,
de sinapsis fútiles

evoca: “fue un día frío
su nombre aún vibraba,
inaudible,
en luz invisible
y conjuró al olvido;
reclamó lo que nadie sabía que le pertenecía”

destellos tristes
en las luces fatuas

el bufón señala al sol con una sonrisa
mientras quema sus retinas y un resto de razón,
el soberano concede con fastidio el deseo:
su súbdito podrá arder por completo

luego el frío de la oscuridad volverá a acogerlo.

3.10.21

El bosquecillo

bosque de eucaliptos observado desde el nivel del suelo, en el mismo, vías abandonadas del tren

A pocas cuadras de la casa de mi primera infancia, había un bosque.

En una ciudad más bien árida, esta mancha verde era parte de mi día a día. El colectivo que me llevaba al colegio pasaba rodeandolo, pero también era posible atravesarlo. A veces lo hacíamos con mi papá. Creo que de alguna forma él intuía que era algo que me gustaba. Lo recuerdo especialmente cuando caía nieve, aunque viví pocas nevadas de forma consciente. Recuerdo algunos sectores donde podían verse aún las vías abandonadas del tren y algún camino de tierra.

No tenía (ni posiblemente llegue alguna vez a tener) dimensión cabal de su extensión, se que hoy es solo un fragmento de su mejor momento. Pero arraigó permanentemente en mi cabeza y ha creado en mí una fascinación por los bosques fríos.

He aprendido también que, cómo podía imaginar por el lugar de su implantación, no se trata de un bosque natural. Sus altos eucaliptos llegaron con un inmigrante australiano muchas generaciones atrás, y aquel árbol se adaptó bien a las duras condiciones, al punto de afectar permanentemente el microclima del lugar.

Sospecho que el bosque nunca va a desaparecer del todo a pesar de su retroceso, pero no lo se realmente. No puedo evitar pensar en nuestra propia influencia en el medio, especialmente habiéndome convertido en inmigrante; y cuanto perduran las huellas de nuestras acciones, incluso las más pequeñas, como haber plantado una semilla en tierra foránea.

La traición

La plaza estaba desierta. La ciudad que tanto amó y que lo vitoreaba, ahora lo había abandonado. Algún ojo curioso observaba invisible detrá...