31.1.08

Simetría y proporción


Todos podríamos estar de acuerdo en que definir la belleza es una tarea muy difícil y poco placentera (comparada con la satisfacción, un poco más simple, de “admirar la belleza”) y quizá se escucharía la común aseveración sobre que “la belleza es subjetiva” (afirmación inexacta que quita todo mérito al objeto admirado para transferirlo solo al sujeto que contempla).

En otro orden, el afán de encontrar las cualidades que hacen bello al objeto ha flirteado con un concepto desde la antigüedad clásica hasta nuestros días: el de simetría. La malentendida simetría, abordada desde un punto de vista netamente geométrico, es la correspondencia exacta de partes respecto a un eje, algo así como el reflejo especular de una figura. Aun algunas argumentaciones citan como base científica para esta idea que la simetría anatómica es señal de buena salud y por ende de belleza. Este concepto, además de reducir la belleza a una reacción biológica, quedaría totalmente opuesto a la idea de una belleza formada en la interpretación del sujeto, señalándola como una propiedad exclusiva del objeto.

Pienso que el ideal de simetría no apuntaba a la correspondencia exacta sino a lo que etimológicamente puede entenderse como “proporción”. Esta segunda idea es un tanto más permisiva al darnos la libertad de moldear las proporciones para reconocer la belleza, al mismo tiempo que no diluye el concepto en entelequia.

No intento escribir un tratado sobre este tema. De momento es solo una inquietud que quería dejar aquí, mientras termino de escribir el próximo post, que se ha hecho ya un poco largo para estar escrito a vuelapluma, pero que confiaré a la indulgencia de mis lectores (porque seguramente esto de largar interminables párrafos de vez en cuando no es la mejor estrategia “blogger”).

Siento la simetría especular como un gesto infantil en un adulto, como una tímida solución a un problema. Encuentro más bello lo asimétrico (geométricamente hablando, desde luego), y de mayor valor la exhibición de contrastes. Esta SI es una evaluación subjetiva, pero sé que no estoy solo en esta idea y me sorprende como deja atrás la supuesta noción científica de la belleza como proximidad a la perfección.


Nota (08-02): Edito para agregar las imagenes. La primera y prometida: "Muchacha ante el espejo" de Pablo Picasso (1932), La segunda "Muchacha dentro del espejo", de mi autoria y realizada hace un par de minutos con el rudimentario Paint y conocimientos adquiridos en algun manual de Windows hace unos 15 años (más preparación para una obra que la que podrían ostentar algunos "artistas"), para darle simetría al texto. Mis disculpas a la memoria del maestro por no haberme tomado el trabajo de borrar su firma invertida de mi copia vil.

12.1.08

Nuevos mundos esperándote...

No te sorprenderá demasiado encontrarme aquí. Creo que me has visto desde siempre escribiendo en la computadora, aunque quizás guardes algún recuerdo de cuando lo hacía en esa vieja máquina de escribir que me prestaban. Hace unos días me preguntabas que significa eso de “calcomurrente”, mientras leías en mi pantalla el título de este espacio y por eso decidí dedicarte una entrada. Sé además que te llevas muy bien con las computadoras (tanto que seguramente en poco tiempo más me podrás enseñar lo mucho que no llegaré a aprender) y que no te costará dar con estas líneas. ¿Por qué escribo si estás tan cerca que podría llamarte para decirte estas palabras? A menudo necesito escribir para cumplir con esa recomendación que habrás oído ya: “siempre hay que pensar antes de hablar”. Pero lo hago principalmente porque creo que de esta forma lo que trato de decir puede permanecer mucho tiempo más con vos, como las primeras cartas que yo recibí y que conservo con cariño.

Hoy dijiste algo que has dicho otras veces y sobre lo que quiero hablarte. Cuando me dices “estoy aburrido”, se me parte el corazón por no tener suficiente ingenio para inventar algo que te entretenga. No es mi intención imponerte una tarea que se convierta en castigo y aunque alguna vez dije que un chico inteligente no se aburre, eso no significa que vos no lo seas. De hecho, como eres tan inteligente y como hoy me siento incapaz de inventar algo, te invito a que esta vez lo hagas vos. Quisiera que puedas cerrar los ojos, elevar el rostro e imaginar…

Imagina una fuente que brota agua de oro, un pájaro que habla y un árbol que canta. Imagina un lugar que existió hace casi mil años, con calles muy diferentes a las que conoces, más estrechas y sin veredas que doblan y se esconden, que forman laberintos con paredes de diferentes colores, puertas grandes y pesadas, ventanas y balcones que cruzan la calle. Imagina a un pastor capaz de contar cuantas hojas tienen los árboles con solo mirarlos. Imagina a un perrito que lleva un instrumento y va a dedicarle una serenata a su novia. Imagina a un hombre que se enamora de unos ojos verdes que viven en el fondo de un lago. Imagina, que la casa del vecino es una estación espacial a donde ves llegar naves en algunas noches. Imagina como era nuestro propio barrio hace solo 100 años, o como era tu país hace 500.

¿Podrías imaginar también un planeta del tamaño de tu casa? ¿O podrías pensar que hubo un tiempo en que las montañas eran gigantes que marchaban?

Imagina después un ser, mitad hombre y mitad toro, que vive en una casa de pasillos infinitos y que espera a que “su redentor se levante del polvo”. Imagina un futuro muy lejano donde habitan criaturas marinas gigantes, o imagina que viajas muchísimos kilómetros en un submarino. Imagina que las piedras de un río son huevos de dinosaurio o que las cosas flotan en la habitación mientras duermes profundamente. Imagina despertar un día ¡convertido en un insecto! o que otro día comience a llover y no pare más hasta que olvidas que el agua hace ruido al caer. Imagina aventuras en esas profundas selvas que habrás visto en fotos o en la televisión o imagínate investigando un caso alrededor del mundo. ¿Sabías que existen instrucciones sobre cómo se debe llorar? ¿O cómo se sube una escalera?

Todo esto quizá lo escribió alguien más pero ¡lo acabás de imaginar vos! ¿Podrías seguir aburrido mientras pensás en estas cosas?

Si pudiera tener tú edad otra vez sería para disfrutar nuevamente estas historias que después debemos reemplazar inevitablemente por otras más terrenales como las noticias del día o por lecturas odiosas que hay que memorizar para obtener la aprobación de alguien. Sin embargo, los libros son un tesoro para quien los descubre. La canción de un programa que veía cuando era pequeño decía que “son las letras la clave secreta que a mundos nuevos te dejan entrar”. Aunque eventualmente todos aprendemos a entender el abecedario no podría decir que todos aprenden a LEER, si no se han apropiado de ese maravilloso tesoro. El libro que leías hoy te dirá mucho sobre como observan las cosas los niños y los adultos y el día que lo vuelvas a leer tendrá algo nuevo para contarte… entenderás tal vez de otra forma porque “lo esencial es invisible a los ojos” y además te recordará esos momentos en que creías estar aburrido.

Lamento que debas verme tantas veces enojado o distraído cuando me confías tu disgusto. Si en algo nos parecemos mucho es en esa forma dulce que tienes para decir las cosas y que yo también tenía a tu edad. Es una virtud que deseo nuestro Dios te conserve. No pienses que me quejo de ser como soy, solamente anhelo que vos puedas ser mucho mejor y que cada año que pasa te hagas más grande y más sabio.

Espero que estas palabras te acompañen mucho tiempo más del que permanezcan en este sitio o del que yo pueda decírtelas de cerca. Como esta entrada es diferente y está pensada para vos, voy a cerrarle los comentarios. Dios te bendiga.

8.1.08

Dido y Eneas

Isabel Romana (autora del weblog “Mujeres de Roma”) ha realizado una interesante propuesta a sus lectores: ampliar su narración basada en La Eneida de Virgilio (divida en cuatro partes y que puede leerse completa en su sitio) y construída durante el año pasado, escribiendo un relato sobre los personajes que fueron apareciendo en los diferentes capítulos de la historia. Respondiendo a su amable invitación coloco aquí el relato correspondiente a la Copa de Oro del padre de la reina Dido.

De las memorias de un Atlante

Adibaal vive una situación tan única como inesperada. Los hijos de Canaán han comprendido la conveniencia de reconocerse como hermanos para resistir al enemigo común, pero algo en esta repentina convulsión no deja tranquilo al fenicio. La propuesta de los antes altivos príncipes de Sidón lo perturba. Esta consciente de que la inusitada humildad que ahora muestran no es otra cosa que un sordo temor arraigado en sus corazones tras contemplar la destrucción de su ciudad en manos de los filisteos, pero lo desconcierta también escuchar que los mismos agresores fueron resistidos no muy lejos de allí por el pequeño pueblo de los hebreos. ¿Estarían todos confabulados contra su pueblo? No tenía muchas razones para considerar una acción tan rastrera, si bien hasta ahora nunca se habían aliado ni siquiera estratégicamente, conocían su origen común y jamás se habían perjudicado en forma alguna, ni aún sobre sus intereses comerciales. Mientras su razón se ve perturbada por la contradicción, la sola contemplación de esos rostros que han visto el horror, la destrucción y el saqueo le impulsan a extender su voto de confianza.

La flota imperial ve finalmente tierra. El largo viaje llega su fin y las grandes distancias avanzadas dejaron a mitad de camino las conjeturas más holgadas realizadas antes de partir. El forzoso destierro diezmó a los pocos sobrevivientes de la catástrofe, embarcados en lo que parecía una muerte segura, lograron una pequeña prorroga a su destino. Pero el avistamiento renueva su ánimo… sus ojos contemplan la oportunidad de cumplir con los que quedaron atrás: la promesa de subsistir, dejar un testimonio a la posteridad de su existencia. La esperanza que parecía perdida al poco tiempo de dejar su ciudad y sus tierras pobladas de litorales secos, ahora renace.

Los príncipes de Sidón se muestran notablemente felices cuando Adibaal les manifiesta su apoyo en la novedosa empresa de formar una nación. El ahora proclamado rey fenicio cree haber discernido correctamente las intenciones de los nobles, aunque sabe que en el peor de los panoramas se encontrará, de un modo u otro, sólo frente al reputado ejército filisteo. En cambio, de resultar exitosa la alianza tiene mucho para ganar, debe considerar las amplias ventajas de explotar los vínculos con Sidón que se ve imposibilitada de ser la cabeza de la nación. No deja de pensar al mismo tiempo en ese valiente joven hebreo que derrotó a uno de los mejores soldados filisteos, cuya fama ha trascendido los límites de este refractario pueblo. Desea conocer detalles de cómo frenaron el avance enemigo, considera imposible que una sola derrota haya amedrentado a los decididos conquistadores filisteos… pero sabe que su curiosidad difícilmente podrá satisfacerse en las circunstancias actuales y solo debe contar con sus propias estrategias para fortalecer a la incipiente nación.

La nueva tierra es hostil para los navegantes que, tras la dura travesía, se sienten más a gusto en las aguas de ese tranquilo mar que en los territorios explorados en esas márgenes. Se preparan para conocer no obstante lo que aprecian como la mejor opción para establecerse. Es tan diferente a su tierra natal… sus verdes riberas y la amplia desembocadura del río que la divide sobrecogen sus sentidos al tiempo que recuerdan los áridos paisajes de su tierra destruida, esa tierra que será legendariamente recordada y mal entendida por futuras generaciones si ellos no pudieran describirla en su correcta dimensión: la humana, la que dio vida a sus canales acuáticos, a su ciencia y artes, a su poderoso pero pacífico reino. Imutes, el Sabio, examina visualmente los asentamientos cercanos a la costa. No hay indicios de una arquitectura comparable a la de sus edificios de piedras perfectas y líneas puras, de paramentos de tamaño colosal… apenas unas construcciones en barro crudo. Comprende entonces que no volverá a ver los edificios que yacen sepultados en su pasado, bajo tierra, cenizas y agua.

Sidón entrega su presente al rey Adibaal, sellando el pacto que ahora los vinculará. Adibaal recibe gustoso una fina copa de oro, de rasgos exóticos y muy diferentes a todo lo que conoce. Presentan el regalo como una reliquia que ha pertenecido a poderosos conductores durante muchas generaciones, no solo de su Casa sino también del Imperio Egipcio. El rey no responde palabra alguna porque sus sentidos se han prendado del regalo… En cuanto ordena mentalmente lo que acaba de escuchar, manifiesta su conocimiento de arte egipcio señalando que esa copa de extrañas inscripciones no es obra de artesanos del Nilo. Los príncipes interpretan las palabras del rey como un signo de repentina desconfianza y se defienden argumentando y prometiendo evidencias que la copa fue un regalo personal del Faraón a sus antecesores. Adibaal percibe la contrariedad que su admiración ha causado y reduce la tensión aclarando que no duda de que se trate de un obsequio de Faraón, sino que el arte que exhibe en su base y contorno no proviene de Egipto ni de ninguna otra región que él haya conocido. Uno de los príncipes interviene entonces, recordando haber escuchado que la copa era utilizada como instrumento de adivinación y que había sido traída de una ciudad antigua y desconocida, ubicada más allá del reino de Tarsis, allende el furioso e interminable mar. Adibaal escucha entusiasmado y lamenta no poder extraer más datos de esta referencia. Sus manos estrechan una evidencia sin hechos, la prueba de vida de alguien que no reclama su existencia. Sabe que su sentimiento es en alguna forma egoísta, pero piensa que tan sólo haber adquirido este instrumento dorado que lo ha cautivado, es suficiente garantía para disipar sus dudas en este pacto.

El sabio Imutes se presenta ante el caudillo que guía a los nativos del delta y hace un arduo esfuerzo para comunicarse. Su lengua es absolutamente diferente a cualquiera de las conocidas en los diez reinos, y mediante sencillos gestos da a entender que él y su gente provienen de una tierra más allá del mar insondable, una tierra a la que no pueden volver. El caudillo, sin comprender palabra, puede leer en los ojos de Imutes lo que ha sucedido y se compadece de su gente, apátridas de todas las edades, envejecidos por la huida. Sabe muy bien que también su gente llegó a esa tierra fértil pocas generaciones atrás cuando también su hogar se inundaba lenta pero progresivamente.

Imutes comprende que ha hallado gracia delante del caudillo y puede confiar en que el destino de los sobrevivientes se encuentra en esa tierra. Con la cabeza baja y el corazón agradecido extiende sus manos para entregar el preciado bien que su padre, un artesano real, había creado: una bella copa de oro.