11.9.09

Desarraigos

Echar raíces es completamente natural, mientras que arrancarlas responde a veces a la voluntad. Más allá de la forma elegida para realizar la acción, el desmalezamiento conlleva violencia y muerte, una extracción que no responde solo a la obsolescencia del uso, sino principalmente a un deseo de transformación: aquello que supo brindar satisfacción y el tiempo volvió inútil, ahora demanda atención. Las raíces muertas son aquellas sobre las cuales nuestra limitada visión no puede augurar nuevos retoños, su sombra es un etéreo fantasma alimentado en sueños, una visión espectral deformada, intensamente infantil, desbocadamente ideal.

Reconozco que aunque no puedo comprender, tampoco condeno a quien intenta preservar la base de su crecimiento. Solo hace lo que es natural, lo que considera opuesto al suicidio… Para mí siempre será lo otro –esa antinatural acción humana que procura conquistar las alturas en Babel pero que al mismo tiempo es deliciosamente irracional y despojada de vanidad, como el anhelo de volar- lo que resulte familiar. La predisposición itinerante solo viene tras una mutilación temprana de lo que intenta aferrarnos. Pasado un cierto punto –de indeterminación matemática, como todo lo concerniente a la individualidad- cualquier intervención resultará en una sangría lenta, que vaciará los huesos para dejar el ánimo eternamente frágil, con la mirada perdida en el pasado.

Desdeñar identidades se volverá un reflejo para quien no defiende ninguna excepto la propia, aunque esta se convierta en algo inexplicable: la identidad conjunta es tierra muy fértil pero no admite troncos trasplantados, antes los convertirá en su alimento, en abono para los propios. Por eso uno puede dejar de ser visto como algo gradualmente, pero nunca llega a asimilarse a otra cosa.

Raíces secas y olvidadas, es imperioso removerlas para permitir en su lugar un nuevo brote. La vida que sustentaban se ha tornado en otra cosa, en esporas que viajan por el aire, en astillas que escalan al cielo con una nueva forma, que hieren a quien pretende sujetarlas: en cenizas que terminarán con el encierro y encontrarán en su viaje final el mar perdido, porque a diferencia de la sufrida tierra, el aire no presenta barreras en ninguna dirección.


No hago nido en este suelo

Ande hay tanto que sufrir,

Y naides me ha de seguir

Cuando yo remuento el vuelo.

(El Gaucho Martin Fierro – José Hernández)