31.3.07

Mate cocido y “vigiladores”

Hace poco conversando sobre algunos usos de moda, una persona me llamó “purista”. Esta denominación no me aflige ni me halaga, aunque considerando a otros que se han ganado el apelativo de “puristas del lenguaje”, podría sentirme en todo caso más cerca del cumplido. Antes de abrazar el término, sin embargo, es necesario pensar un poco ¿qué es un purista? Entiendo que se llama así a alguien que evita cambios en sus doctrinas o reglas (ya sea en lenguaje o hábitos) y en este caso, casi equivaldría a negar cualquier evolución del lenguaje o la moda, cosa que no se encuentra en mi ánimo. Por otro lado, algunas de las obras que más he disfrutado se caracterizan por su poco “purismo” de lenguaje, casi al punto que es una fórmula eficaz para la literatura. De cualquier forma, transgredir nunca ha sido tarea fácil.
Se supone que el purista tampoco admite extranjerismos. Pero afrontémoslo: si todo tiende cada vez a estar más interconectado ¿no es normal que terminemos por adoptar muchas palabras foráneas en nuestra comunicación? Los neologismos también forman parte de esta tendencia de expansión y avance vertiginoso, bautizando sin cesar a cuanto hijo de la tecnología encuentra a su paso.
¿Purista? No sé si será el calificativo más fiel. En todo caso, y como no le temo a las connotaciones, prefiero el término intransigente. Cierto es que el mismo parece vago si lo aplicamos al lenguaje, pero no pretendería describir con una sola palabra el criterio que me guía.
En todo caso, el mejor acercamiento probablemente venga con un ejemplo. Hace instantes, escuchaba por radio algunas novedades sobre el caso Garcia Belsunce (un homicidio en un barrio privado que ocurrió en 2002 y cuya investigación, por corrupción o falta de pericia, avanza en forma absurdamente lenta) que implicaba el testimonio de un “vigilador”. A medida que la periodista repetía la palabreja, mi atención a los detalles se extraviaba en pos de aquel “vigilador”. Por supuesto, el uso cotidiano me permite comprender que está hablando de un agente privado de seguridad, pero mi atención no se dispersa por ese motivo, si no que busco una explicación a la pregunta inmediata ¿Por qué no puede decir, para referirse a este empleado, sencilla y directamente la palabra “vigilante”?
A Ud., lector, que llegó quizás buscando alguna noticia relacionada al mentado caso; como también a Ud., que llegó buscando la “relación entre el lenguaje castellano y la música barroca” o como “descargar el hit del verano para su celular”; me siento en la obligación de comunicarle que, no importa cuánto y que medios repitan esta construcción, o aun cuantos se autodenominen de esta forma; la palabra “vigilador” NO EXISTE.
En Argentina, hay una masa dulce (o factura) llamada “vigilante”, porque era consumida preferentemente por los guardias de ronda durante sus turnos de vigilancia. Otra versión indica que los nombres de las facturas (“vigilantes”, “sacramentos”, “bolas de fraile”) provenían de una huelga de panaderos anarquistas. Inevitablemente, el vulgo aplica el nombre a todos los policías por extensión y en estratos que lindan con la marginalidad, el término “vigilante” o “botón”, se utiliza de forma peyorativa. Imagino que por estas connotaciones se opta por llamar a los agentes de seguridad como “vigiladores”, en un deseo, tal vez sincero, de no ligar al policía con el empleado privado. La palabra “vigía” (del verbo vigiar, proveniente del portugués), también tiene una connotación muy marcada y aunque su acción es más aproximada a la del agente que vela un territorio desde un puesto fijo, parece sacada de una historia de viejos lobos de mar. Como somos incapaces de buscar un sinónimo adecuado o de recurrir al extranjerizante security (seguridad), preferimos poner en circulación un disparate que solo resultaría tierno escuchar de la boca de un niño que está aprendiendo a hablar.
Cuando no terminaba de tragar el término, la desafortunada periodista mencionaba también los “prejuiciamientos” alrededor del caso, cosa que terminó de hacerme sentir burlado por la nota.
Con esto concluyo mi caso, apreciados lectores. Mi llana intolerancia hacia ciertas tendencias idiomáticas, como la redacción de interminables parlamentos abreviados por SMS (SHORT Message Service) o la invención de palabras innecesarias, no responde a algo tan cabal como el purismo, sino más bien a la aversión a cierta pereza mental, o quizá simple ignorancia, que demuestran algunos a la hora de emitir un mensaje.