27.2.07

El SPAM contraataca

Recordando otras épocas de la blogosfera, hace unos días decidí remover la verificación para dejar comentarios. El primer motivo para esto es que son varios los que me refirieron que no pueden comentar en el blog, porque no ven la imagen con la palabra a copiar o porque simplemente no terminan de entender cómo funciona el asunto (no todos tienen la facilidad de las nuevas generaciones para comprender instintivamente los mecanismos de la red y, por experiencia digo, uno puede fracasar donde muchos otros triunfan sin demasiado esfuerzo).

En segundo lugar confieso que me importuna un poco aquella palabrita. Por algún motivo que desconozco, el 50% de las veces leo mal alguno de aquellos caracteres deformados y, como dándome un golpecito en la nuca, Blogger cambia la palabra y ofrece la segunda oportunidad. Ni hablar de cuando esta situación se presenta las pocas veces que comento en mi blog. Así que espero de esta forma aliviar algún espíritu afín, librándolo de la tediosa verificación.

Este post se debe a que, lamentablemente, en cuanto quité la protección ingresó uno de aquellos comentarios automáticos que dicen que maravilloso y útil es mi blog mientras arteramente introducen un enlace a otro sitio, así que habilité la moderación de estos. Quiero entonces aclarar que TODOS los comentarios seguirán siendo publicados como antes, solamente que no aparecerán de inmediato en la página, sino cuando los haya recibido en mi correo.

Cordiales saludos para todos.

23.2.07

Cacería de piratas

YouTube.com, la popular página de alojamiento para videos de transmisión web, deberá remover por intimación de Viacom, aquellos protegidos por derechos de autor.

Cuando alguna noticia sobre la lucha legal emprendida por grandes empresas llega a mis oídos, me parcializo de inmediato con los “infractores”. Hace pocos días escribía sobre el plagio y la falta de protección de la propiedad intelectual en muchas producciones populares. El caso de hoy representaría prácticamente el extremo opuesto: cuando el trabajo de un artista es tan preciado que se persigue con afán a quien hace uso de este sin ajustarse estrictamente a las clausulas que condicionan su difusión. Viacom ahora ha solicitado que se quite de la página todos los títulos subidos sobre los que tiene derechos y es solo cuestión de tiempo para que esta actitud sea imitada por otras compañías.

En general, las producciones más visitadas en YouTube, son amateur (vamos a omitir en esta consideración que dichos videos también violan en alguna manera derechos de autor al usar música u otros contenidos sin autorización). El fenómeno que hizo ampliamente conocido este medio en los últimos dos años es el masivo interés que despertaron ciertos videos, donde perfectos desconocidos de cualquier latitud subían sus imágenes y se retrataban interpretado canciones, monólogos, parodiando otras producciones, o sencillamente registrando algún absurdo. Personalmente, reconozco haber engrosado el número de visitas de muchos títulos destacados en la página principal, como “Edgar se cae”, donde un niño mexicano es víctima de una broma de sus “amigos” que lo tiran al agua y filman el hecho; o el video de un grupo de hermanos de entre 9 y 12 años de la provincia de Salta, interpretando un tema de Sepultura, donde el menor de ellos, a cargo de la guitarra y la gutural voz “transportada” a su tono pre-adolescente, vestía una remera de Pokemon (muy comentada entre los casuales espectadores) más acorde a su edad que las letras de la banda brasilera de Metal. En ambos casos, los protagonistas trascendieron el mundillo virtual para aparecer en otros medios como la televisión, a través de noticieros locales y programas de variedades.

Considerando estos hechos, podemos fácilmente comprender que YouTube no ve amenazada su existencia por eliminar algunos videos de su base de datos. A estas alturas cuenta con una comunidad bastante grande, conformada por usuarios anónimos que navegan sus páginas y aportan a la estadística, usuarios registrados que pueden subir videos y comentar en los de sus pares y otros que completando cierto perfil tienen la posibilidad de subir videos más largos y gozar de beneficios adicionales. Pero este grupo no sería tan numeroso sin los que arribaron buscando precisamente “contenido pirata”. Aunque existe un deseo de exhibición que encuentra su mercado entre los curiosos navegantes (muy similar a lo que sucede en los blogs y que merece un post aparte) que mantienen esta tendencia candente, una buena porción de los usuarios del servicio no está interesada en el ridículo ajeno y en todo caso atiende de rebote a algunas de las ofertas del sitio. No es mi intención juzgar sobre el uso que se le da a estos medios o el motor que los lleva a tener tanta acogida; porque son muchas las veces que el ocio nos encuentra sin un plan predefinido y no es raro que una actividad tan popular capte nuestra atención en esos momentos. Pero estos fenómenos no subsisten sólo con los minutos libres de algunos, sino que son una tarea de tiempo completo para muchos. Volviendo al ejemplo de los blogs: si a partir de hoy se borrara todos aquellos que no se ajusten al paradigma de la bitácora escrita como un diario íntimo, todavía tendríamos una cantidad enorme de estos, mantenidos y visitados por gente con el mismo interés, cuyos comentarios probablemente se limitarían a “hola, pasaba, chau”, “jajaja, muy bueno, pasate por mi sitio” (esto es inevitable en un mundo que tiene más blogs que lectores); pero ciertamente perderíamos una gran cantidad de otros, que aunque no lleguen a ser mayoría, aportan variedad a la tediosa homogeneidad de los sitios de moda.

Actualmente, muchos contenidos alojados en YouTube pueden ser considerados infracción de copyright, entre ellos, videos musicales, episodios de series, fragmentos de películas, selección de escenas, clínicas y demostraciones de músicos, algunos muy difíciles de conseguir o que no justifican la adquisición del producto. Por otra parte, aunque la industria musical quiera elevar los videoclips a la categoría de Arte, la intención original de los mismos (y en concordancia con la ideología de estas empresas) y su función más inmediata es promocionar la música. El producto del artista no es el videoclip, sino en todo caso, la pista de audio que se busca promocionar por un medio audiovisual. El director y otros empleados que se contratan para este fin ponen su arte al servicio de la industria que los contrata, con el fin de dar a conocer a su “protegido”. ¿Cuál es el daño que se le hace al artista difundiendo a través de Internet su video? Absolutamente ninguno. Seguramente, aquellos menos famosos inclusive ven un gran potencial en este hecho. Los únicos perjudicados son aquellos que lucran con la difusión de estos a través de medios como MTV (asociado a Viacom) y que han creado una cultura alrededor de lo que es en esencia material publicitario. Se trata de una maniobra mezquina que además arrastra consigo muchas producciones que hace tiempo no se encuentran en circulación en sus cadenas. Seamos sinceros: es comprensible que la industria quiera fomentar las ventas del último DVD de Shakira o que poniéndonos muchas trabas consiga que desembolsemos algunos pesos por el histórico “Unplugged” de Nirvana, pero ¿qué puede pretender al quitar el videoclip de “Gonna Make You Sweat” de C+C Music Factory? Se trata de un tema no muy lejano en el tiempo pero que la generación joven actual prácticamente desconoce y dudo muchísimo que estuviera interesada en comprar. Así, muchos de estos paradigmas de la creación de videos musicales, simplemente son apartados de nuestra vista. Aún más lamentable es la eliminación de los videoclips que son manejados por estas cadenas en Europa o Asia pero que nunca llegan aquí (excepto a través de la red) por falta de mercado.

Pero estos casos no le interesan a la industria, porque sus pérdidas en concepto de contenidos que si son redituables y que por ahora circulan libremente por Internet son mucho más importantes en comparación. Además, si la industria es justamente la antítesis de la producción artística pura ¿por qué iba a interesarse en un hecho cultural, aunque este esté fuertemente relacionado con la misma?

La tiranía de los “derechos de autor” ejercida por las corporaciones está sumándose una nueva victoria. Y a no dejarse confundir por su discurso, porque la industria no lucha contra la libre difusión con el interés de resguardar el patrimonio de sus artistas. A diferencia de la propiedad intelectual, que es intransferible, la difusión es propiedad de las corporaciones y al interferir con su comercialización se está afectando principalmente su economía y no tanto a los artistas como habitualmente se cree, quienes en realidad perciben mucho más por sus apariciones y shows.

Se nos ha inculcado la idea de que estos contenidos portan una parte del artista (como las fotografías que “robaban” el alma de los aborígenes) y que el difundirlos en forma gratuita va matando lentamente al mismo, mientras su distribución a un precio casi estandarizado es la justa retribución por lo que se nos brinda, y si no tenemos el dinero para pagarlo debemos ir limitándonos progresivamente a la contemplación de algún “artista de segunda línea” (muchas veces más talentosos pero, desafortunadamente, menos publicitados) hasta terminar observando por la ventana a nuestro vecino que toca el saxofón. Este es un razonamiento absurdo, que en un mundo abundante en posibilidades y ricamente interconectado, quiere confinarnos a un primitivismo intolerable. La “piratería” quizá resulta adversa a la industria de forma inmediata, pero contribuye a la creación artística y su evolución, que a su vez son el sustento de los mismos productores, con su avezado sentido para anticiparse o forzar tendencias.

YouTube tiene alternativas y preferirá llegar a un acuerdo para sobrevivir de la mejor manera al embate de Viacom, evitando luchas legales como la que hundió hace algunos años a Napster, pero ¿cuánto más tardarán los usuarios en aburrirse con la oferta “permitida” y sus tópicos que empiezan a repetirse? ¿cuántas veces más puede ofrecérsele al paladar de los internautas el mismo plato recalentado? Sin la variedad actual, el atractivo de YouTube es considerablemente menor.

¿Quién quedará obsoleto antes, la tecnología o las corporaciones? Es difícil anticipar un final a este enfrentamiento que acompaña el desarrollo de Internet desde su popularización y que solo va cambiando los actores: ante la aparición de nuevas alternativas se inician los procedimientos legales para contrarrestarla. Mientras tanto, las cabezas de los “piratas” siguen rodando.

(*)Imagen: estampado de una remera.

5.2.07

Beethoven y el animé

Aprovechando el tiempo de vacaciones, pude disfrutar de ciertas actividades que durante el año solo realizo esporádicamente. Entre ellas están el sentarme a ver una película totalmente libre de la presión del tiempo o aun recostarme y escuchar mis discos sin hacer nada más.

Ahora, aunque me fascina la estética japonesa para las artes y mucho de su cultura y filosofía, algo que nunca asimilé ni me agradó demasiado, a excepción de uno que otro dibujo animado clásico de la infancia, es el anime (por otra parte, entonces era escaso en nuestro occidente). Sin embargo en esta semana, debido a una encarecida recomendación y animándome el hecho que en la trama tiene rol protagónico la Sexta Sinfonía de Beethoven, pude disfrutar del corto de animación “Goshu el violonchelista” (Sero Hiki no Goshu) de 1982.

Se trata de una preciosa narración sobre un joven músico que vive en un pueblo del Japón de la primera mitad del siglo pasado y que intenta perfeccionar su ejecución para el día de un recital; a partir de las severas reprensiones de su maestro y conductor, que lo señala como el eslabón más débil en el conjunto, en el escaso tiempo que resta Goshu pasa solitarias noches de práctica, pero en su rutina irrumpen sin invitación unos curiosos visitantes, a los que en principio se muestra hostil. Estoy seguro que cualquier músico puede apreciar esta singular historia (y sin duda, extraer también una enseñanza) sobre el crecimiento espiritual de Goshu.

Haciendo un gran paréntesis, quisiera contar un hecho particular relacionado con la misma. Como todo material que luego de caer en mis manos tiene la virtud de llamar positivamente mi atención, lo miré por segunda vez para procurar extraer aquello que inevitablemente pasa de largo en la primera apreciación. La película solo tenía audio en el idioma original y subtítulos en inglés, lo que me obligó a abstraerme un poco de la palabra hablada para comprender completamente la trama pero en la segunda observación y desatendiendo un poco los subtítulos, escuché varias veces la palabra “tanuki” para nombrar a uno de los personajes, que el traductor había nombrado “raccoon” (mapache). Sin embargo, la palabra “tanuki” (aún sin saber absolutamente nada de japonés) y la apariencia del animal me resultaban conocidas…

Con apoyo de la wikipedia (en la cual no termino de perder la fe) pude localizar justamente al animalito que estaba buscando, el Nyctereutes procyonoides, conocido como “perro mapache” o simplemente “tanuki”. A pesar de su semejanza con un mapache, este animal es un cánido y está en todo caso más cerca de los zorros. El motivo por el cual la palabra me sonaba conocida se debe a la historia llevada al cine en 2005 por Seijun Suzuki, cuyo título comercial en occidente es “Princess Raccoon”. La conocida actriz asiática Zhang Ziyi (que trabaja en largometrajes mundialmente famosos como “La Leyenda del Tigre y el Dragón”, “Héroes” y “Memorias de una Geisha”, por nombrar sólo algunas) interpreta a Tanuki-hime, una princesa y divinidad, inspirada en la mitología japonesa, que se enamora de un hombre.

Leyendo un poco más en la red pude comprobar que este incomprendido animalito, al que insistimos en identificar con un mapache, es muy importante dentro de la cultura japonesa, quienes en su panteón le asignan un rol como contraparte del zorro, ambos espíritus traviesos pero el primero bueno y el segundo malo. A estos se les atribuía la capacidad de cambiar de forma y algunos poderes sobrenaturales. En la actualidad es posible encontrar estas referencias culturales mayormente en el anime, pero también en algunos videojuegos de fines de la década del 80 (por supuesto, de origen japonés), como aquel Super Mario que adquiría la posibilidad de volar vistiendo un traje de Tanuki o también el menos conocido “Pocky & Rocky”.

La aparición del tanuki en esta producción, además del comentado entretenimiento que me brindó por unas horas, marca un momento muy importante en el desarrollo de la historia: el protagonista sufre una notable inflexión en su carácter: si bien comienza tratando al tanuki con la misma hostilidad que a sus anteriores visitantes (un gato y un ave), a causa de las palabras y la actitud sorprendentemente profesional del cachorro (que se presenta como percusionista), Goshu depone su orgullo y se coloca en un plano de igualdad para practicar con su nuevo compañero. El hasta entonces rígido violonchelista está recibiendo una lección de la naturaleza, esa misma que inspiró, salvando las distancias, a Ludwig van Beethoven a componer la Sinfonía Pastoral que ahora Goshu debía interpretar con algo más que una buena técnica.

No cabe duda, la paleta de situaciones que despliega la Sexta Sinfonía es inagotable. Se trata de una de las primeras obras que narran una historia apelando principalmente a la sensación, una especie de “banda sonora” perteneciente a una visión (película) que se proyecta en la mente de la audiencia en cada nueva ejecución; llegando a picos descriptivos que nos sugieren y hasta nos permiten ver aves que cantan (aunque algunas mentes quizá podrán pintar cuadros de otro mundo para estas mismas melodías). Seguramente Beethoven habrá soñado con los cuadros de su sinfonía y es muy difícil afirmar si le habrían gustado las interpretaciones que sitúan a la misma en el Monte Olimpo –como se ve en “Fantasia” (1940) de Disney (otro filme entrañable) o como en el presente caso, la mística visión de un campesino de lejanas tierras. Lo cierto es que el maestro tenía un amor profundo por la naturaleza y seguramente se habría sentido complacido de que su obra sirviese para aleccionar a un joven músico que no terminaba de aprender… a escuchar.