28.11.05

Señal en el cielo

Vi a la primera persona dirigir la mirada al cielo. En sus labios una declaración llamó en un momento la atención de los demás… Había caído presa del hechizo y ahora participaba a los demás en su fortuna.

El tiempo se detuvo… el ajetreado tráfico cesó de repente y todos desde sus lugares admiraban el fenómeno. Señal en el cielo. Temor generalizado: algunos se encomendaban al Altísimo, otros proferían maldiciones contra quienes creían que habían alterado aquel cielo hasta hace instantes radiante y diáfano. En todos los casos inmovilidad y silenciosos murmullos saturaban el aire.

Nadie sabía responder. ¿Qué había sucedido? ¿Cómo había empezado? ¿Quién lo provocaba? En silencio un hombre, ignoraba la molestia que hería sus retinas y contemplaba el suceso, esperando el desenlace, el punto culminante de tanta tensión, cuando finalmente todo sería esclarecido.

Por algún motivo, mi ser estaba calmo. Nunca había observado algo así, ni atinaba a interpretar aquella señal, pero tampoco me había contagiado el temor circundante. Aceptando el momento y esperando por la soga del tiempo para continuar aquella mañana, contemplaba la escena que me quedaría más marcada de aquel día: Un pequeño niño admiraba, no el inalcanzable cielo, sino el paso confiado de un ave entre los pies de los peatones inmóviles. Cuando esta levantó vuelo, el niño me observó sonriente a los ojos y comprendí que gozaba de la misma tranquilidad que yo estaba sintiendo… entonces, le devolví la sonrisa.

Cuando el tiempo se reanudó, dos horas habían sido arrancadas del reloj.

imagen tomada de La Gaceta, Diario de Tucumán

26.11.05

des-hechos


Mientras me empeñaba en terminar el terreno para mi maqueta, no había advertido una forma paralela que crecía a su lado y al mismo ritmo… Los desechos del terreno habían levantado su propia estructura.





…ahora estoy pensando seriamente en cambiar mi proyecto.

24.11.05

Papeles aleatorios

Una limpieza muy necesaria de mis estantes me llevó a encontrar cantidad de papeles que había olvidado. Sin embargo, ellos se acordaban muy bien de mí.

Recordaban mi emoción al recibir noticias de mis amigos, aquellos que enviaron sus deseos de felicidad por correo (cuando el electrónico aún no existía) sobre una tarjeta en inglés, cuidadosamente seleccionada y personalizada con sus propias palabras, seguros de que “la distancia no pondría fin al contacto”. Otro papel recordaba mi intento poco afortunado de preparar aquel plato que parecía tan sencillo en la televisión, mientras un teléfono anónimo, apuntado rápidamente en un margen de la hoja, solo podía hablarme en términos numéricos.

Aquellos papeles no habían olvidado mis primeras incursiones en la maquina de escribir, para redactar las cartas que desde entonces eran mi vía de comunicación predilecta, y se acordaban de la magnifica sensación de colocar una hoja nueva y acomodarla para recibir los martillos en su superficie. Me recordaban en un sábado de un almanaque de bolsillo que llevaba más de 15 años sin ver la luz, envuelto en un pequeño recorte del diario, ahora amarillo. Me hablaban de aquellas vacaciones a Cancún que planeé durante un año y de la frustración que sentí cuando me vi obligado a postergarlas varias veces por razones que escapaban a mi estricta planificación, como el atentado al WTC y la devaluación de la moneda, esa decepción que finalmente me llevó a tirar aquellos folletos en la caja de la que ahora salían.

También recordaban mi inconsciente trabajo de adornar con garabatos los apuntes de la facultad, mientras escuchaba unas aburridas clases teóricas. Recordaban la lluvia en aquella tarde que estrenaba las acuarelas y como ese día el tiempo parecía moverse al ritmo del pincel, en su deseo de acompañar musicalmente los colores que corrían por el papel.

Pero en un momento, los retazos comenzaron a recordar cosas que ya no podía traer a mi mente. Mensajes doblemente codificados, escritos con mi letra en forma de frases sueltas sobre numerosos papeles de muy diferentes tipos: servilletas, periódicos, impresiones de prueba, panfletos, pequeñas hojas de libreta… Todos repletos de palabras cuyo significado estaba ausente para siempre, junto con la situación en la que habían sido escritos. Por un instante me pareció que sus recuerdos podían estarme confundiendo con alguien más, pero ellos replicaban que no podían equivocarse, porque yo era la única persona a la que conocían. Entonces algunas oraciones querían hacerse conocidas y adivinaba los momentos en que habían sido escritas. Pero finalmente dirigí a aquellos extraños una última mirada examinadora en busca de algo familiar y luego de reunirlos a todos, los puse en una bolsa y los conduje a la puerta.

9.11.05

Y además...

…siguiendo con la línea de la entrada anterior, recuerdo algo que vi en otra web (que desafortunadamente no volví a encontrar) referente a una petición a la que me sumo “Por un mundo donde podamos escribir ‘yendo’ sin pensar que estamos equivocados”. No podría decir las veces que me han preguntado (e incluso discutido) como se escribe esta palabra…

Solo eso (por ahora)…