12.1.08

Nuevos mundos esperándote...

No te sorprenderá demasiado encontrarme aquí. Creo que me has visto desde siempre escribiendo en la computadora, aunque quizás guardes algún recuerdo de cuando lo hacía en esa vieja máquina de escribir que me prestaban. Hace unos días me preguntabas que significa eso de “calcomurrente”, mientras leías en mi pantalla el título de este espacio y por eso decidí dedicarte una entrada. Sé además que te llevas muy bien con las computadoras (tanto que seguramente en poco tiempo más me podrás enseñar lo mucho que no llegaré a aprender) y que no te costará dar con estas líneas. ¿Por qué escribo si estás tan cerca que podría llamarte para decirte estas palabras? A menudo necesito escribir para cumplir con esa recomendación que habrás oído ya: “siempre hay que pensar antes de hablar”. Pero lo hago principalmente porque creo que de esta forma lo que trato de decir puede permanecer mucho tiempo más con vos, como las primeras cartas que yo recibí y que conservo con cariño.

Hoy dijiste algo que has dicho otras veces y sobre lo que quiero hablarte. Cuando me dices “estoy aburrido”, se me parte el corazón por no tener suficiente ingenio para inventar algo que te entretenga. No es mi intención imponerte una tarea que se convierta en castigo y aunque alguna vez dije que un chico inteligente no se aburre, eso no significa que vos no lo seas. De hecho, como eres tan inteligente y como hoy me siento incapaz de inventar algo, te invito a que esta vez lo hagas vos. Quisiera que puedas cerrar los ojos, elevar el rostro e imaginar…

Imagina una fuente que brota agua de oro, un pájaro que habla y un árbol que canta. Imagina un lugar que existió hace casi mil años, con calles muy diferentes a las que conoces, más estrechas y sin veredas que doblan y se esconden, que forman laberintos con paredes de diferentes colores, puertas grandes y pesadas, ventanas y balcones que cruzan la calle. Imagina a un pastor capaz de contar cuantas hojas tienen los árboles con solo mirarlos. Imagina a un perrito que lleva un instrumento y va a dedicarle una serenata a su novia. Imagina a un hombre que se enamora de unos ojos verdes que viven en el fondo de un lago. Imagina, que la casa del vecino es una estación espacial a donde ves llegar naves en algunas noches. Imagina como era nuestro propio barrio hace solo 100 años, o como era tu país hace 500.

¿Podrías imaginar también un planeta del tamaño de tu casa? ¿O podrías pensar que hubo un tiempo en que las montañas eran gigantes que marchaban?

Imagina después un ser, mitad hombre y mitad toro, que vive en una casa de pasillos infinitos y que espera a que “su redentor se levante del polvo”. Imagina un futuro muy lejano donde habitan criaturas marinas gigantes, o imagina que viajas muchísimos kilómetros en un submarino. Imagina que las piedras de un río son huevos de dinosaurio o que las cosas flotan en la habitación mientras duermes profundamente. Imagina despertar un día ¡convertido en un insecto! o que otro día comience a llover y no pare más hasta que olvidas que el agua hace ruido al caer. Imagina aventuras en esas profundas selvas que habrás visto en fotos o en la televisión o imagínate investigando un caso alrededor del mundo. ¿Sabías que existen instrucciones sobre cómo se debe llorar? ¿O cómo se sube una escalera?

Todo esto quizá lo escribió alguien más pero ¡lo acabás de imaginar vos! ¿Podrías seguir aburrido mientras pensás en estas cosas?

Si pudiera tener tú edad otra vez sería para disfrutar nuevamente estas historias que después debemos reemplazar inevitablemente por otras más terrenales como las noticias del día o por lecturas odiosas que hay que memorizar para obtener la aprobación de alguien. Sin embargo, los libros son un tesoro para quien los descubre. La canción de un programa que veía cuando era pequeño decía que “son las letras la clave secreta que a mundos nuevos te dejan entrar”. Aunque eventualmente todos aprendemos a entender el abecedario no podría decir que todos aprenden a LEER, si no se han apropiado de ese maravilloso tesoro. El libro que leías hoy te dirá mucho sobre como observan las cosas los niños y los adultos y el día que lo vuelvas a leer tendrá algo nuevo para contarte… entenderás tal vez de otra forma porque “lo esencial es invisible a los ojos” y además te recordará esos momentos en que creías estar aburrido.

Lamento que debas verme tantas veces enojado o distraído cuando me confías tu disgusto. Si en algo nos parecemos mucho es en esa forma dulce que tienes para decir las cosas y que yo también tenía a tu edad. Es una virtud que deseo nuestro Dios te conserve. No pienses que me quejo de ser como soy, solamente anhelo que vos puedas ser mucho mejor y que cada año que pasa te hagas más grande y más sabio.

Espero que estas palabras te acompañen mucho tiempo más del que permanezcan en este sitio o del que yo pueda decírtelas de cerca. Como esta entrada es diferente y está pensada para vos, voy a cerrarle los comentarios. Dios te bendiga.

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