7.10.05

Improvisando...

Me senté empuñando la guitarra por el diapasón y asumí la posición acostumbrada. Percibía, sin embargo que no era una habitual práctica: las manos tibias, los dedos ligeros y el espíritu dispuesto…

Descansando su costado, la caja ya pintaba los sonidos aún sin haber tocado una cuerda… esa sonoridad de su espacio interior, las cuerdas acariciadas por el ambiente, daban como resultado una melodía casi inaudible pero perfectamente visible y casi palpable, rompiendo el silencio hasta ahora reinante en la habitación. Sentí el perfume de la madera y deslicé la mano por encima de las cuerdas… ahora las escalas resonaban en el silencio, como si vinieran de un lugar lejano y rebotaran en el espacio. Recordaba escalas clásicas y barrocas, y disfrutaba al mismo tiempo el particular matiz que la guitarra clásica les dio, vibrando como si viajaran a través del tiempo para llegar a los oídos. La mano izquierda estaba ahora completamente suelta, y la diestra se unió a la ejecución. Esta decidió hacer un cambio repentino y empezó a arpegiar un acorde, sobreponiéndose a la zurda que quería seguir paseando el diapasón. Durante unos minutos, los acordes variaban y se enlazaban a través de insospechadas redes del sonido… hasta ahora, ninguna frase reconocible… solo lo que las manos determinaban, por momentos frenéticas y por momentos calmas.

En un momento, había olvidado todo… nada quedaba del estrés del día. Tan solo una curiosa melodía acompañaba el viaje, era una melodía nueva… en vano trataba de identificarla, o de memorizarla… ya no estaba ejecutando yo el instrumento, aunque podía verme haciéndolo. El tiempo se había detenido desde el mismo principio. Los dedos se deslizaban casi sin detenerse por las cuerdas y parecían ni siquiera tocarlas. La diestra empuñaba la púa, muy cerca del puente dando un sonido más metálico a las clásicas escalas que habían incrementado su velocidad. Un rítmico sonido de la púa contra las cuerdas ligeramente asordinadas me hipnotizaba.

Cuerdas estiradas al extremo y otra vez el golpeteo rítmico. Finalmente… calma. La púa cayó de los dedos y una vez más estos acariciaban las cuerdas. Estructura, acordes y arpegios… los dedos recuperaban su sensibilidad y podía anticipar que se acercaba el fin. El pulgar hizo el último recorrido sobre las cuerdas, rasgándolas hacía arriba y dejando en el aire el sonido, grave y profundo que se acumuló en los rincones de la habitación. Ahora el silencio había vuelto, pero tenía un color diferente.

6 comentarios:

  1. Sencillo y bello.Cálido y espontáneo.¿para que más?

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  2. Muy buen blog, Sr. T.!!!!
    retribuyo su visita y además le cuento que usted, Tiene TalenTo.
    Besos y saludos
    Laura.

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  3. Gracias amigos!

    Sus apreciaciones son un aliento para continuar con este medio de expresión, basado en la espontaneidad...

    Antonio (mi tocayo): me da mucho gusto que lo encuentres bello!

    Laura: tu comentario me halaga, más aún viniendo de una escritora...

    del corazón a la pluma...

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  4. la magia de saber hacer sonar esa caja llena de música ... ecos de un recuerdo quizás o simplemente llenar ese espacio que queda en silencio sin color o vacio en un dia simple de primavera ....

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  5. yo no sé muy bien moverme por dentro de este espacio tuyo...pero me parece a mí o hace un tiempo que no publicas nada.
    Saludos!!!!
    laura

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  6. Estoy escribiendo poco en este momento, pero siempre sale algo... Solo debes seguir por la página principal para ver las entradas posteriores...

    Saludos!

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