El encuentro
En un instante desde sus ventanas, la trayectoria se había trazado. Y su diana (el centro mismo de mi frente) no tuvo ninguna oportunidad. En una descuidada exploración, comprendí el ataque inminente: su lazo me envolvía y mi voluntad estaba sujeta; aunque su nudo era suave, no podía escapar o siquiera ocultarme. Tensión en segundos eternos: una recta línea se sostenía sola, casi dotada de dimensiones cabales, fluyendo en ambos sentidos y sin afectarse ni considerar ninguna interrupción. No podía ser escindida porque su materialidad era más fuerte que la nuestra, más real y contundente que cualquier objeto. En un momento el tiempo no fue más y el espacio se convertía en un corredor infinito, sin fondo, sin formas definidas, solo fugaces partículas que se trasladaban constantemente a nuestro alrededor y también nos atravesaban. De repente podía observarme desde el otro lado ¿Dónde estaba en realidad? ¿Cuál de los dos había desatado esta magia, o era cosa de ambos? Estaba acá y a...