28.5.13

Desiertas obsesiones (y ciertas negligencias)

Incendio voraz que vacía el ser, que es desatado por el más pequeño de los estímulos: Nada prevalece a su paso y aun asfixia a la razón para servirse de ella, para nutrir artificialmente a su huésped con una energía que parece inagotable.

Inflama muchas noches con sus días en el silencioso mar de la incertidumbre, haciendo girar agujas a diestra (y siniestra) sobre el desolado páramo desconocido que es la cotidianidad para aquel que acostumbra hacerse ajeno a la realidad.

Casi logra extinguir a su pálida víctima (adicta a un cóctel de adrenalina y estrés cuya libación solo parece ser compartida con el crimen y la inmoralidad) antes de liberarla.

“Estamos, señores, en presencia del más patético de los infelices –escucha resonar al mismo tiempo dentro de su cabeza y en la solitaria inmensidad que lo rodea–, aquel que vive el infortunio de tener todo el tiempo a su alcance el objeto del deseo y que se sabe, por tanto, irrecuperable.”

Él, que abraza su esclavitud bajo la forma de un deleite autoimpuesto, de una vocación inexpugnable a su destino. Él, que como un suicida, no busca concretar su destrucción porque entonces tendría que dejar para siempre de fantasear con ella.

Él, que a veces puedo ser yo.


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