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Otro mundial ha concluido y con él se va esa sensación de unidad y euforia constante que nos acompañó durante poco más de un mes. Al final de un evento que nunca nos pasa indiferente, se le suma la culminación de lo que percibimos como una de las eras más exitosas de este deporte en nuestro país, que tiene el lujo de poder compararla con otros años gloriosos del pasado.

No conocemos el futuro —por suerte—, pero las estadísticas, la competencia y el tiempo nos sugieren que la hegemonía en el deporte no es eterna, y menos una con las características que ha tenido el reinado de la Selección Argentina en las últimas décadas. Es una obviedad asociar este éxito al más destacado jugador que ha visto este deporte, Lionel Messi, quien hizo gravitar con contundencia a cada equipo del que formó parte, y tuvo con las últimas formaciones del equipo nacional a la maquinaria que mejor jugaba con él y para él.

Esta asociación virtuosa que parecía absolutamente imparable desde hace varios años encontró en el partido final de este mundial una dura derrota. Dura, porque corta una serie triunfal que incluso los propios disfrutábamos casi incrédulos y que había sumado a ajenos a esta embriaguez por los títulos y récords batidos —hasta que el morbo tan humano de ver caer al gigante arrebató a parte de aquellos advenedizos. Pero también porque desde lo deportivo no pudimos encontrarle solución a la estrategia del rival en 120 minutos, y nos vimos forzados a aguantar un juego que no nos sienta bien, que se nos hace antinatural, porque Argentina defiende manejando la pelota y lastima con el juego vertiginoso que estuvo ausente.

Por todo esto, la derrota nos resulta aún tan inadmisible que estamos buscando explicaciones rebuscadas en lo externo que den sentido a lo que vimos, analizando rostros, frases, decisiones arbitrales. Como suele suceder, la explicación más sencilla es la correcta y es posible que esto solo sea una etapa de nuestro duelo por la hazaña que ha llegado a su fin sin el resultado que esperábamos.

Va a ser muy difícil igualar lo conseguido en este tiempo. Los números demuestran que los logros de este equipo en cuanto a finales disputadas y trofeos alcanzados son un caso único en este centenario deporte. Desde lo humano también será desafiante repetir la calidad de este grupo, porque cracks y equipos estelares surgen en toda época, pero líderes amables, que despiertan admiración natural en lugar de envidia, respeto en vez de subordinación y que inspiran por ser tan superiores que incluso el segundo parecía lejano; probablemente solo veamos uno en nuestro tiempo.

Pero el legado que nos deja esta etapa será amplio. Como el eco de las glorias pasadas sigue presente en nuestro medio mucho más allá de las estrellas que adornan el escudo, el recuerdo de esta época permanecerá vivo y alentará resurgimientos, quizá mucho más allá de lo que alcance nuestra vista. Porque el deporte es un espejo maravilloso de todo lo que somos capaces. Ninguna época gloriosa puede durar para siempre, pero nos deja la convicción de que otra puede comenzar.

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