Puede ser por la implacable seducción de una lujuria comunicativa; un intento desbocado, ambicioso, egoísta y desesperado de transmitir los ecos distorsionados de una idea. Puede ser también simplemente un capricho vanidoso; la farolera aspiración estética emparentada con el delito del adorno. Puede ser un extraño híbrido de ambas, desequilibrado y macrocefálico, al que es más fácil imaginar yendo cuesta abajo que ascendiendo a zancadas el futuro próximo o lejano. Pero el milenario e indómito artificio permite sostener el impulso. La liberación de pensamientos prisioneros, para modelarlos en trazos simbólicos y encadenarlos nuevamente –para pesar nuestro- en otro soporte, esperando que alguien más pueda redimirlos. Porque es lo que sabemos hacer. Porque será todo cuanto podamos hacer. [ilustración: Cornelius Huyberts, en base a las obras de Frederik Ruysch ]