No es lo mismo la llamada “apatía política” que se vive hoy y la condición apolítica. Aristóteles ya se encargaba de señalar que el hombre es un animal político. Podríamos decir que nadie que se considere a sí mismo “apolítico” puede ignorar que existe la política, como si fuese una planta o formara parte del material inerte del universo.
La apatía en cambio es un sentimiento de dejadez, que en este caso experimenta la sociedad por el continuo desencanto que sufre de parte de sus representantes. Podría pensarse “¿Qué es más apolítico que el sector indeciso del electorado?”, pero la masa juega un rol importantísimo en los cálculos políticos y no debe confundirnos su falta de signo político. Puede que la masa no encuentre a su referente político pero este siempre se encarga de acogerla (Por ejemplo, hace exactamente 3 años, en pleno fervor K, una encuesta de Clarín mostraba que la mayoría de la población se considera de “centroizquierda”. Sería interesante ver cuánto ha cambiado esa inclinación con el tema de la acentuada delincuencia e inseguridad). Menos apolíticas aun son las pretensiones de abolición del capital y del Estado de marxistas y anarquistas.
Por ello, hasta hoy, lo más cercano que me he sentido de ser “ajeno a la política” es comprender que las revoluciones son dolorosas y muchas veces desproporcionadas al cambio que producen. Que no me interesa cambiar las formas del Estado ni la estructura de poderes pese a lo mucho que detesto la democracia, esa palabrita complaciente que es capaz de usar tanto la derecha como la izquierda y aún el anarquismo cuando habla de “democracia directa”. Confiar en la conducción del pueblo es tan necio como lo es actualmente confiar en la conducción de los “representantes del pueblo”.
En este punto quizás los lectores imaginen que no votaré en las elecciones para presidente del domingo que viene. Y no se equivocan, pero se debe a un asunto personal que espero solucionar hasta las próximas elecciones (o hasta el ballotage, lo que suceda primero) de seguir viviendo donde vivo.
Lo que he querido designar como “apolítica” no implica ser indiferente a la realidad (y la realidad ahora brinda una millonésima de responsabilidad que, según mi código de vida, no debe ser desperdiciada), sino indiferente a las tenues nociones existentes en la sociedad sobre la política, que terminan dividiendo en izquierda o derecha. Omitiendo la irrealidad de un “centro”, ambas posturas tienen elementos destacables y un tiempo para manifestarse. Es lamentable que la gente pase de un “no me interesa la política” (que como decía, favorece al oportunista de turno) a la adopción incondicional e irracional de una ideología.
Pese a que en esta ocasión deberé abstenerme del voto, no perdí la oportunidad de transmitir mi sentir a mis cercanos. Opciones, pese a la tímida campaña realizada, hay. Tenemos izquierdas para elegir en matices, alternativas de centroizquierda y oposición de centroderecha.
Lo único que debería tenerse muy en cuenta es que no debemos seguir alimentando monstruos como se hizo hasta hoy con los Kirchner. Hace un par de años escribía sobre la primera mitad del mandato de Néstor Kirchner y al día de hoy mi postura hacia este individuo no ha cambiado, y no solo suma desaciertos sino casos de corrupción y mentira sistemática. Hace rato que el electorado dice estar resignado a elegir al menor entre dos males (como hicimos en Tucumán con Alperovich, donde visto de manera práctica, pareciera no haber más alternativa) justificándolo con el hecho de haber realizado obras visibles para la provincia. En esta ocasión estoy convencido que hay “males menores” que Cristina Kirchner, la que promete más manipulación de los medios, rencor pseudoprogresista, corrupción y mentiras.
No voy a otorgarle más espacio en este posteo a los Kirchner. Mi intención es dejar en claro que no avalo la postura fría y autodestructiva de quienes dicen no interesarse en la política y de quienes votan a Bob Marley o Clemente. Aquí es donde hago mi diferencia entre apolítica o apartidismo y apatía electoral. Mientras el apartidismo es producto de la reflexión y provoca acciones en el ser, la otra es un vulgar producto de la desidia, la ignorancia y es potencialmente perjudicial para la sociedad (prueba clara de ello es que en medio de esta modorra las encuestas indican que Cristina gana en primera vuelta).
Para cerrar el desahogo de mi desazón ante este panorama y ante tantos que, cuando les digo que en esta ocasión no voto me dicen “¡qué suerte!”, les dejo un video de Little Feat, en su primera época junto a Lowell George y con Mick Taylor (miembro de los Rollings Stones en su mejor época) como invitado especial. El tema para la ocasión: “Apolitical blues”.



