“Nadie le va a pedir que cambie nada, solo que tenga su verdadera identidad y después, si, que siga su camino”. La frase acaba de ser pronunciada por Estela de Carlotto, presidente de Abuelas de Plaza de Mayo en Radio Mitre.
Por mi parte, aplaudo la actitud de Evelyn Vásquez, a quien considero coherente en todo momento con lo que la razón le indica. No puedo comprender en cambio, el empecinamiento de las llamadas asociaciones de derechos humanos en que esta persona se vuelva contra quienes compartieron su vida tantos años.
¿Cómo se puede explicar que ignoren el deseo de la persona que debería ser directa beneficiada de su lucha por la identidad? Dice la tendenciosa prensa argentina –que complaciente con el gobierno de turno da la razón sin pensarlo dos veces a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo- que Evelyn habría sido entregada a sus padres adoptivos de manos de un oficial de la Armada de Mar del Plata. Considerando esta declaración como cierta y posicionándonos en una época muy peligrosa en el país, no se me ocurre hacer objeción a la decisión tomada entonces por aquella familia que crió a la pequeña y por quienes la misma, hoy adulta, muestra devoción.
Que entre los apropiadores debe haber existido todo tipo de gente no es de extrañar. El caso Sampallo podría ser evidencia de alguien que creció en una familia que siempre sintió ajena en medio de maltratos. Pero estas situaciones se dan también con padres biológicos y no son consecuencia de una “falta de identidad”.
Y más allá de las consideraciones legales, que escapan por mucho al análisis de un artículo, me gustaría detenerme en este punto, el de la siempre invocada identidad. Memoria e identidad son armas de batalla de los organismos de derechos humanos para arremeter contra lo que se interponga en busca de sus propósitos. Sin embargo, me pregunto si alguien tiene idea de lo que realmente significan estos conceptos. Carlotto mencionaba hace minutos, en relación a la identidad que Evelyn Vásquez “debía descubrir” que la misma estaba asociada a su verdadero DNI y apellidos, y que quizá aun no lo podía ver pero que su caso es el de muchos y que con el tiempo iba a conocer LA VERDAD.
Siempre encontré ridículo el discurso de Carlotto sobre la identidad, que hace gala de su poca pericia en el tema, pese a que pretende todo lo contrario. ¿Es la identidad una cuestión de papeles? ¿La identidad viene enlatada y es inexorable desde el momento que nacemos? Ni hablar entonces de libre albedrío biológico, de construcción de la identidad o quizá de individualidad. El concepto de identidad es arduo y motivo de cuidadoso estudio, se encare desde la teoría de lo difuso (los límites de lo que conforman una identidad cambiante, que en el caso particular de Evelyn, permite la aparente contradicción de considerar a un mismo individuo víctima y cómplice de encubrimiento), o de la totalidad (aquello que nos vincula a un conjunto y que en este caso la impulsa a negarse como víctima e identificarse con sus padres adoptivos antes que con otras víctimas). Pero todas estas ideas deben ser ajenas al sistema de pensamiento de la señora Carlotto, que prefiere reducirlas a burdos papeles y parece parte de una secta de iluminados que observa al resto como a ciegos actores a quienes deben abrir los ojos a como dé lugar. Hasta su prensa está encargada de portar este sentido facineroso de la identidad y la verdad:
En el caso de Evelyn, el circuito pulsional y el circuito judicial no logran coincidir, no pueden ajustar sus proporciones; el cuerpo biológico testimonia de un delito pero la prueba que porta es desconocida para ella, en tanto se trata de una verdad que no puede aún reconocer como propia.
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/index-2004-03-28.html
“Una verdad que aún no puede reconocer…”. Que pretenciosas palabras para juzgar a alguien que a partir de un hecho lamentable como es el secuestro y el terror, pudo librarse de estos y construir su propia identidad.
Carlotto pontifica que nadie la va a cambiar siendo mayor de edad pero que “debe reconocer su identidad primeramente”. Y después podrá seguir su camino. Aquí se trasluce la verdadera intención de esta mujer: Evelyn es útil a sus propósitos. No le interesa tanto que la joven pueda identificar y conocer o no a sus progenitores como que pueda servir a “la justicia”. Su justicia, que es más bien, venganza. No quiero con estas palabras ofender a todas las víctimas de los horrores de la dictadura. A diferencia de las cabecillas Hebe de Bonafini o Estela de Carlotto, no pretendo tener el mejor sentido de la justicia en cuestiones tan humanas y manchadas de hechos únicos en nuestra historia y por otra parte detesto usar el tonito paternal y aleccionador del que ellas hacen gala.
No puedo saber lo que siente aquella persona que busca conocer a su descendencia arrebatada ilegítimamente o amparada en la violencia reinante. No puedo saber ni quisiera saberlo.
Pero puedo entender el deseo de alguien ajena a aquellos aberrantes hechos por preservar su intimidad y a quien hoy se trata de presentar subjetivamente como una cómplice que estorba a la perfecta justicia de las pretenciosas vengadoras. Lo que puedo saber es que las figuras representantes de las víctimas se hacen odiosas, por sus pedantes palabras y actitudes, por sus extremas posturas ideológicas, por sembrar aun más rencor y conflicto en heridas que ciertamente no van a cerrar nunca, pero tampoco pueden encontrar alivio mientras son escarbadas.
Personas realmente altruistas se ocuparían de mejorar el mañana para quienes han sido afectados por el terror. No voy a hablar de perdón porque si es una noción que escapa aun a gente que dice tener valores cristianos, cuanto más lo será a quien grita “ni olvido ni perdón” y exalta su rencor como autentico equilibrio en la ecuación de la violencia. No quiero jugar a ser más bueno que nadie, pero estoy seguro que celebrar el anti-americanismo, legitimar a las FARC colombianas, brindar asilo a un terrorista etarra y mostrar desprecio por Israel, además de tocar temas externos a su agenda, no suma puntos a favor de las luchadoras de los derechos humanos. Sin embargo cansa y molesta su constante apelación al sentimentalismo y a la justicia para sostener posturas resentidas y ansias de venganza. Si alguien hace un efectivo lavado cerebral son ellas, que instruyen a jóvenes en sus videítos institucionales para que repitan las palabras “identidad” y “memoria”. Que hablan de amor y de “la verdad” sin saber lo que dicen, mientras se ocupan de sembrar el odio aun entre quienes son ajenos a su lucha.
Sentimientos falsos y conceptos huecos se camuflan y forman parte de la propaganda del gobierno. ¿Qué pueden saber de amor filial gente asesorada y aliada a un parricida como Sergio Schoklender?




